Cómo tener buena suerte – El hombre desafortunado


CUENTO: El hombre desafortunado

Fuente: cuento de tradición oral. Distintas versiones se encuentran en una gran cantidad de culturas alrededor del mundo. La versión escrita que pude encontrar más antigua y más parecida a la contada en el episodio está en el libro Persian Tales, publicado en 1919 y traducido por D.L.R. Lorimer y E.O. Lorimer.


RESUMEN DEL EPISODIO


Un sicólogo e investigador contrastó a las personas afortunadas vs. desafortunadas, y descubrió que las personas que tienen suerte comparten cuatro características diferentes a las desafortunadas.

Se abren a las oportunidades. Tienen metas, pero no se limitan a lograrlas y nada más, sino que también están abiertas a otras cosas que puedan surgir. Además, deliberadamente introducen variedad a su vida para crear más oportunidades.

Escuchan su intuición. También procuran desarrollarla, ya sea instruyéndose o a través de la meditación.

Mantienen una mentalidad optimista. Siempre están convencidos de que les va a ir bien. Las personas negativas pueden empezar a desarrollar este hábito al llevar un “diario de la suerte”, donde apuntan al menos tres cosas buenas que les pasaron ese día.

Usan lo malo a su favor. Cuando sucede algo negativo, piensan que pudo haber sido peor y buscan cómo aprovechar la situación para convertirla en algo positivo.

Adoptar estas actitudes puede transformar por completo la suerte de una persona que se considera desafortunada, porque la suerte no es cuestión de suerte, sino de actitud.


OTRAS FUENTES


El Factor Suerte

Resumen: «The Luck Factor» de Richard Wiseman

“No fracasé, sólo descubrí 999 maneras de como no hacer una bombilla.” - https://akifrases.com/frase/110041


TRANSCRIPCIÓN COMPLETA


Hay gente que le va bien en esta vida y otras que les va mal, que tienen mala, mala, mala suerte. ¿Cuál de esas eres tú? Pues la suerte puede parecer algo mítico, pero de hecho hay científicos que lo han estudiado y han descubierto cosas muy interesantes sobre la suerte. Por ejemplo, que la suerte uno la puede cambiar.

Te voy a contar cómo, pero primero, como siempre, te voy a contar un cuento: el cuento del hombre más desafortunado del mundo. Empecemos. Esto es Vivir con Valor. Soy Achira.

Había una vez un hombre al que todo, todo, todo le salía mal. Las mujeres no lo volteaban a ver. No tenía dinero y nunca se le presentaban las buenas oportunidades. Y finalmente, furioso con su mala suerte, el hombre decidió buscar a Dios, a reclamarle, a decirle que era injusto, que le dijera qué tenía que hacer para ser más afortunado, porque así la vida no servía para nada.

Así que arrancó a andar, alejándose de las ciudades y de los pueblos y adentrándose en el bosque espeso. Y caminó, y caminó, y caminó un poco más. Y de repente, “ay, Dios mío, no, ¿por qué siempre me pasan estas cosas a mí? Un lobo, hay un lobo en todo mi camino, ahora me voy a morir. Claro, obvio, era de esperarse. Voy a buscar a Dios a preguntarle por qué soy tan desafortunado, y tan desafortunado soy que me encuentro un lobo en el camino.”

Pero el lobo no se lo comió. De hecho, el lobo estaba flaco, flaco, flaco, sarnoso, enfermo, casi ni se podía arrastrar. Dijo el lobo: “¿Vas a ver a Dios? Pregúntale por mí, por qué estoy tan débil y tan enfermo.” Y ahí el hombre se dio cuenta de que el lobo no se lo iba a comer.

Pero en vez de alegrarse por su buena suerte, “ay, voy donde Dios y ahora todos empiezan a mandarme encargos. No, no, no, no, no.” “Está bien, prometo que le preguntaré a Dios por qué estás tan débil y tan enfermo.” Y siguió el hombre: “no, no, no, qué desafortunado soy, un lobo y ahora encargos, y ni siquiera sé para dónde voy.”

Pero caminó, y caminó, y caminó, y caminó, y caminó un poco más. Y finalmente, cansado por el sol que estaba pegando tan fuerte, se sentó a la sombra del único árbol que había en toda la zona. Pero este árbol estaba flojito, chiquito, no tenía casi hojas, estaba desgarbado, no daba nada de sombra.

“No, bien desafortunado que soy, el sol que está pegando, voy donde Dios, bien lejos que queda, y ni siquiera encuentro sombra de camino.” “¿Dijiste que ibas donde Dios?”, preguntó el árbol. “Por favor, pregúntale a Dios, ¿por qué no puedo crecer más? ¿Por qué no me salen hojas? ¿Por qué mi tronco está tan torcido y tan débil?”

“Más encomiendas y ni siquiera sombra me da. Ay, no, no, no, soy el hombre más desafortunado del mundo. Bueno, está bien, yo le pregunto a Dios.” Y viendo que no iba a poder descansar allí bajo el árbol porque no había nada de sombra, se volvió a poner de pie.

Y caminó, y caminó, y caminó, y caminó, y caminó un poco más, hasta que ya estaba de noche. Estaba cansado, tenía hambre, no sabía dónde iba a dormir, cuando de repente, ¿le olía a chocolate? Empezó a seguir su nariz, y preciso, un olor exquisito de chocolate salía de una casita, una casita en medio de la nada, muy acogedora, muy bonita, con flores en el jardincito afuera y luz que salía de la ventana. Y ahí, enfriándose sobre la ventana, había un pastel de chocolate recién horneado.

“Ay, qué desafortunado soy”, dijo el hombre, “bien cansado y bastante hambre que tengo, y la única casa que me encuentro tiene pastel de chocolate, y a mí que me gusta más la vainilla.” No, no, no, no, no. Pues, de todas formas, el hombre tocó la puerta, y la puerta la abrió la mujer más hermosa que había visto jamás.

“Hola”, dijo ella. “Ay, hace cuánto tiempo no veo a nadie, no sabes la alegría que me da ver a otro ser humano. Ven, entra, ¿quieres comer algo?” Y el hombre entró a la casa y cenó con la mujer. Y no le gustaba el chocolate, pero ella había hecho otro pastel de vainilla más temprano esa mañana, y la comida estaba muy rica, y la muchacha era muy bonita, pero también muy inteligente.

Y conversaron, y cuando él le contó que iba para ver a Dios, la muchacha de repente se puso un poco triste. “Mira, no quiero molestar”, dijo ella, “pero ¿será que podrías hacerme un favor? Pregúntale a Dios por qué siempre estoy tan triste. Lo tengo todo, tengo mi jardín, tengo mi cocina, pero siempre estoy triste y no sé por qué.”

“Claro”, dijo el hombre. Ella le había dado comida al fin y al cabo, y un buen lugar para dormir, así que esta encomienda no le molestó. Pues, al día siguiente se despidió de la mujer, un poco triste la verdad.

“Qué desafortunado soy, ¿no? Si no tuviera que ir a ver a Dios, me podría quedar con esta mujer, hasta a lo mejor nos podríamos casar, tener hijos, ser felices por siempre. La primera mujer que me habla en toda la vida, y bien bonita que era, pero tengo que ir donde Dios.”

Lástima. Y caminó, y caminó, y caminó, y caminó, y caminó un poco más, y finalmente llegó donde Dios. Y Dios, claro, como todo lo sabe, ya lo estaba esperando. Pero lo estaba esperando con los brazos cruzados y una cara bastante enojada.

Y antes de que el hombre pudiera decir nada, Dios le dijo: “Has venido para preguntarme por qué eres tan desafortunado.” “Sí, ¿cómo lo sabías?” “Pues, porque soy Dios, hombre. Y mira, esta es la respuesta: eres desafortunado por bobo.”

“La fortuna, la suerte, está a tu alrededor, está a tu alcance, pero estás tan enfocado en tu propio pesimismo que nunca la ves. Si quieres ser afortunado, lo único que tienes que hacer es abrirte a las oportunidades y aprovecharlas cuando te las encuentres, y así serás el hombre más afortunado del mundo.”

“¿En serio? ¿Eso es todo? ¡Ay, qué maravilla!”, dijo el hombre. “Gracias, gracias.” Y empezó a devolverse. “¿Usted para dónde va? ¿No me tenía que decir otras cosas más?” “Ah, sí, vea, me encontré un lobo.” “Sí, ya sé, soy Dios.”

Y Dios le dio las respuestas, y el hombre se devolvió. Y caminó, y caminó, y caminó, y caminó, y caminó un poco más, hasta que llegó nuevamente a la casita de la bella mujer, quien estaba esperándolo con pasteles de vainilla recién sacaditos del horno.

Cenaron juntos, y ella, muy ansiosa, le preguntó: “Bueno, ¿le preguntaste a Dios por qué estoy tan triste siempre?” “¡Ah, sí!”, dijo el hombre. “Pues mira, es muy sencillo. Estás triste porque estás sola. Llevas viviendo por aquí en medio de la nada demasiado tiempo. No tienes amigos, no tienes novio, no conoces a nadie. Tú no estás hecha para ser ermitaña. Si no quieres estar triste, tienes que ir al mundo real y empezar a conocer gente.”

“Ah”, dijo la mujer. “Pero no conozco el mundo real. No sé cómo sería. Me da un poco de susto irme sola. ¿Podría ir contigo? A lo mejor, si quisieras, podrías ser mi novio también, y me muestras cómo es la vida de la gente normal. Creo que podríamos ser muy felices, ¿no?”

“¡Me encantaría!”, dijo el hombre. “Para mí sería lo mejor del mundo poder ser tu novio, pero no puedo. Lástima, porque Dios me dijo que tenía que encontrar las oportunidades y aprovecharme de ellas cuando las encuentre, así que no puedo quedarme aquí. Tengo que seguir buscando oportunidades a ver si me encuentro alguna. Gracias y adiós.”

Y el hombre se fue, y caminó, y caminó, y caminó, y caminó, y caminó un poco más, hasta que llegó nuevamente al árbol ese, flaquito, desgarbado, sin hojas, en medio de la nada.

“¿Le preguntaste a Dios?”, dijo el árbol. “¿Por qué estoy así? ¿Por qué no puedo crecer? ¿Por qué no me salen hojas? ¿Por qué estoy todo torcido?” “¡Sí!”, dijo el hombre. “Es porque hay un cofre lleno de tesoro enterrado que está estripando tus raíces. Y como tienes eso tan pesado en las raíces, no pueden alcanzar los nutrientes y el agua que están un poco más lejos, y por eso no puedes expandirte ni crecer. Necesitas que alguien venga y desentierre el tesoro, y entonces podrás ser un árbol grande y frondoso.”

“Ah”, dijo el árbol. “¿Podrías tú, por favor, desenterrar el tesoro? Te lo puedes quedar. A mí no me sirve.” “Me encantaría”, dijo el hombre, “pero no puedo, porque Dios me dio una misión. Me dijo que encontrara las oportunidades que se me presentaran por el camino y me aprovechara de ellas. Así que no puedo quedarme aquí. Tengo que seguir buscando oportunidades a ver si me encuentro alguna. Adiós.”

Y caminó, y caminó, y caminó, y caminó, y caminó un poco más, hasta que finalmente llegó donde el lobo, que estaba ya en las últimas. Estaba flaco, desgarbado, pálido, con sarna.

“¿Sí le preguntaste a Dios?” “¡Claro que sí! Y Dios me dijo que estás tan flaco, tan débil, tan enfermo es por falta de nutrición, pero que eso se remedia muy fácil. Lo único que tienes que hacer es comerte al primer desafortunado que pase por aquí.”

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Hace poco más de 20 años, un psicólogo llamado Richard Wiseman conoció a un hombre que le dijo: “Es que yo soy la persona más afortunada del mundo. A mí todo me va bien. Yo siempre tengo buena suerte.”

Y como buen psicólogo, investigador y persona curiosa que era, Richard Wiseman se puso a pensar: “Ah, ¿será cierto? ¿Será que la suerte existe como tal? ¿Que hay personas afortunadas y personas desafortunadas? Pues, investiguémoslo.”

Y aplicó el método científico. Empezó a realizar experimentos con cientos de personas distintas. Primero que todo, los hacía llenar un formulario donde les preguntaba si se consideraban afortunadas o desafortunadas.

Y luego les daba alguna labor. Por ejemplo, uno de los experimentos que realizó fue decirle a las personas que fueran a una oficina para hacer una entrevista de trabajo. Pero realmente la entrevista de trabajo no era el experimento. El experimento empezaba desde antes de llegar a la oficina.

Porque para llegar a la oficina, había que caminar por un largo pasillo. Y por todo ese pasillo, Richard Wiseman había colocado distintos billetes y monedas de distintas denominaciones en el suelo. Exactamente los mismos billetes, las mismas monedas, en los mismos lugares para cada persona.

Pero adivinen qué pasó. Las personas que se consideraban afortunadas vieron el dinero y lo recogieron. Las personas que se consideraban desafortunadas no lo vieron. Siguieron caminando y ni se dieron cuenta de que estaban pisando dinero.

Otro experimento que hizo: le entregó a las personas un periódico y les dijo que quería medir su capacidad de atención a los detalles. Así que les pidió a todos que contaran el número de fotografías que estuvieran dentro del periódico.

Y en toda la mitad del periódico, una hoja entera con letras súper grandes decía: “Deja de contar, hay 43 fotografías en el periódico.” Y al lado había otro anuncio con letra igual de grande que decía: “Felicitaciones, dile al investigador que has visto este anuncio y ve a reclamar tu premio: 250 dólares.”

Y adivinen qué pasó. Los desafortunados revisaron todo el periódico y, con ese letrero enorme, como no tenía fotos, ni le prestaron atención, ni se dieron cuenta. Y siguieron contando fotografías. Mientras que los que se consideraban afortunados pensaron: “¿Qué importan las fotografías? deme mi plata.”

Experimento tras experimento reveló que sí, que había personas que tenían suerte y otras que no. Y sin embargo, a ambos tipos de personas se les estaban presentando exactamente las mismas oportunidades.

Y esa fue la conclusión más grande del estudio. La suerte no depende de la suerte, depende de ti. No es que el universo se haya olvidado de ti. No es que no te lleguen las oportunidades. Es que no las ves, o si las ves, no las reconoces, o si las reconoces, no las aprovechas.

Pero lo interesante es que, como no es cuestión de azar, lo puedes cambiar. Se puede aprender a ser afortunado. Y lo que concluyó Richard Wiseman de todas sus investigaciones es que hay cuatro cosas principales que hacen las personas afortunadas y que las personas desafortunadas no practican.

Y si empezamos a incorporar esos cuatro principios en nuestra vida diaria, nos puede cambiar por completo la suerte.

La primera: las personas afortunadas se abren a las oportunidades, y las personas desafortunadas no. Así como en el cuento, las personas desafortunadas están tan enfocadas en una sola cosa que se pierden de todo lo demás.

Por ejemplo, van a una fiesta con la misión de conocer a una chica, conseguirle el número y eventualmente ojalá lograr alguna relación sentimental. Como van solo enfocados en eso, suelen ignorar otras cosas y por lo tanto se pueden perder de otras conexiones que podrían lograr en esa fiesta.

Por ejemplo, ver que tienen algo en común con otra persona en la fiesta y conseguir un amigo. Las personas afortunadas están más abiertas. Puede que vayan a una fiesta con la misma intención, pero no están enfocados únicamente en eso. Están abiertos a lo que salga.

Y de pronto, si surge una conversación interesante con otra persona, descubren que tienen cosas en común. Y bueno, no conocieron a ninguna chica, pero conocieron a alguien nuevo y ahora son amigos. O empiezan a hablar con una chica y ella les dice que tiene novio, pero en vez de cerrar la conversación, siguen hablando y descubren nuevas oportunidades, incluso en otros aspectos como el trabajo o negocios.

Mientras que una persona desafortunada va a la fiesta, no conoce a una chica, no conoce a nadie más y se va triste para la casa sintiendo que la fiesta fue una pérdida de tiempo. Mientras que la persona afortunada fue a la fiesta, no consiguió de pronto conectar con una chica románticamente, pero hizo nuevos amigos, ahora tiene un contacto de negocios y la pasó súper bien.

Porque la persona afortunada no se cierra, no se reduce a una sola cosa, está abierta a lo que caiga. Y también, como parte de abrirse a las oportunidades, otra cosa que las personas afortunadas hacen de diferente a las desafortunadas es que deliberadamente buscan la variedad y la novedad.

Si uno tiene una rutina, si uno todos los días va al mismo lugar, habla con las mismas personas, hace las mismas cosas, es poco probable que surjan oportunidades nuevas. Pero las personas afortunadas son curiosas, siempre están buscando cambiar algo, siempre están buscando algo nuevo, siempre están buscando conocer gente distinta. Y gracias a eso, gracias a su búsqueda de la variedad, es que se abren a más oportunidades.

Por eso, abrirse a las oportunidades y aprovecharlas cuando vengan es el primer principio de la buena suerte.

El segundo es escuchar la intuición. ¿Alguna vez te ha pasado que alguien que conoces resulta ser un estafador y dices: “ah, lo sabía, cuando lo conocí me dio mala espina”? Pues la diferencia es que las personas afortunadas le prestan atención a eso, y las desafortunadas no.

Las desafortunadas suelen sentir algo, pero dejan que su mente racional las convenza de que lo que están sintiendo no vale. Pero las personas afortunadas sí le prestan atención a su intuición al tomar decisiones. No dependen únicamente de ella, pero sí la tienen en cuenta.

Además, buscan cultivar su intuición, entrenarla, desarrollarla. Eso se puede hacer con la meditación, por ejemplo, con el autoconocimiento, con leer libros, en vez de simplemente perder el tiempo en el celular.

El tercer principio de la buena suerte es la mentalidad. Las personas afortunadas siempre piensan: “me va a ir bien”, mientras que las desafortunadas suelen pensar: “me va a ir mal”. Y claro, los pensamientos influyen en nuestro comportamiento.

Entonces, por ejemplo, si tenemos una entrevista de trabajo, si yo ya pienso que no me van a dar el trabajo, ¿para qué madrugo para llegar a tiempo? ¿Qué importa si llego tarde? ¿Para qué hago un esfuerzo si sé que no lo voy a lograr? Muchas veces esto no es del todo consciente, pero subconscientemente se nota cuando alguien no está haciendo un esfuerzo.

Mientras que las personas afortunadas están convencidas de que todo les va a salir bien. Y como están convencidas, se preparan, van a la entrevista contentas, saludan sonriendo, hacen preguntas, muestran interés. Y por eso tienen mucha más probabilidad de que les den el trabajo.

Incluso si no se los dan, las personas afortunadas siguen con la mentalidad de “lo voy a lograr”. No lo logré hoy, pero lo voy a lograr eventualmente. Y por lo tanto no se desaniman tanto, siguen intentando, mientras que los desafortunados se desaniman fácilmente y dejan de intentar.

Thomas Alva Edison, uno de los inventores más famosos de la historia, el que creó la bombilla eléctrica, por ejemplo, tuvo que intentar muchísimas cosas que fracasaron. Con la bombilla eléctrica en particular, no podía encontrar qué material funcionaba sin quemarse.

Probó de todo, llegó a intentar con mil materiales distintos. Y cuando sus trabajadores estaban desanimados diciendo que no habían logrado nada, él respondió: “claro que hemos logrado algo, hemos descubierto mil cosas que no sirven. El truco es seguir con la mil uno.”

Ahora bien, tener una mentalidad positiva no significa mentirse a uno mismo, porque eso también puede desanimar. Si uno se repite algo sin creerlo, puede frustrarse más. Entonces una buena forma de empezar a entrenar la mentalidad es llevar un diario de la suerte.

Cada día escribir al menos tres cosas buenas que te pasaron. Y si no se te ocurre ninguna, al menos pensar en cosas malas que no te pasaron ese día. Con el tiempo, empezarás a ver un patrón y tu forma de pensar cambia.

Y el cuarto principio de la buena suerte es la resiliencia, usar lo malo a tu favor. Imagínate que estás en un banco esperando en la fila para hacer una transacción, cuando de repente entra un ladrón y una bala te hiere en el brazo.

¿Es buena suerte o mala suerte? Pues le hicieron esta pregunta a los dos grupos de personas: las personas que se consideraban afortunadas y las que se consideraban desafortunadas.

Y por supuesto, las desafortunadas, y me temo que yo sería una de ellas en este caso, dijeron: “No, obvio, mala suerte, ¿qué es eso? Justo el día que yo voy al banco, ese día deciden atracar el banco. Justamente de todas las personas en el banco, la bala me pega a mí. Por Dios, ¿cómo va a ser eso buena suerte?”

Pero las personas que se consideraban afortunadas, y bueno, yo soy una de ellas, aunque veo que tengo que mejorar un poco mi mentalidad para ver incluso cosas así, respondieron: “No, pues qué de buenas, qué salvada. Esa bala me pudo haber dado en el corazón, me pudo haber dado en un ojo, pudo haber sido muchísimo peor. Qué suerte tengo que solamente la bala me dio en el brazo.”

Pero no solo eso, sino que iban un paso más allá. “Y también qué suerte tengo que de todas las personas en el banco fui yo. Me dispararon a mí, porque ahora todos me van a querer entrevistar, voy a poder vender entrevistas, a lo mejor hasta publicar un libro. Con semejante experiencia, seguramente podré ganar un poco de dinero contando mi historia.”

Eso hacen las personas afortunadas. Cuando algo malo sucede, lo primero que piensan es: “menos mal no fue peor.” Y lo segundo que piensan es: “a ver cómo aprovecho esto, a ver cómo convierto esto en una oportunidad para mí.”

Así que te repito los cuatro principios. Primero, ábrete a las oportunidades. Segundo, escucha tu intuición. Tercero, cultiva la mentalidad de que te va a ir bien. Y cuarto, usa lo malo a tu favor. Porque la suerte no depende de la suerte, depende de ti.

Otra cosa que hacían los desafortunados era fijarse mucho en las supersticiones y responsabilizar al azar, mientras que los afortunados se responsabilizaban a sí mismos. Mientras que el desafortunado decía: “este año me tengo que poner los calzones amarillos para que me llegue plata”, el afortunado decía: “este año tengo que aprender una nueva habilidad para poder generar más ingresos.”

¿A cuál crees que le va a ir mejor? No es cierto que a algunas personas injustamente les llueven oportunidades y a otras no. Porque las oportunidades están en todas partes, están a tu alcance. Aprende a reconocerlas para que no quedes como el hombre del cuento, y sácales todo el provecho que puedas.

Te deseo buena suerte.